Taza, taza… ¡marche un té con masas!

FOTOTECA

Milenario y ceremonioso, el té ha anclado en suelo nacional a pura sabor, aroma y tradición. Aquí, el derrotero de un grande.

“Un café, maestro” ¿Cuántas veces habremos oído esta frase entre las cuatro paredes de un bar, una confitería o -valga la redundancia- un café? Así las cosas, imposible parece discutir el reinado de esta negruzca bebida. Y vaya si excede dicha condición: charla, encuentro, discusiones, amistad, alguna que otra velada solitaria… Todo ello reúne el café en cada una de sus tazas. ¿Y si otra fuera la infusión de turno? Tan humeante como sabroso, el té ha sabido conquistar el mundo; y los paladares argentinos no han sido la excepción. Dueña de una milenaria historia, aquella que nos remonta a los orígenes mismos de la civilización, esta bebida sí que ha aguado bocas de generaciones y generaciones: guerreros, reyes, emperadores, celebridades, intelectuales, simples mortales…No hubo frontera que no atravesara, no hubo fecha del calendario que no copara con su aroma. Inoxidable e inmortal, el té goza hoy de una indiscutida supremacía: después del agua, es la segunda bebida más consumida del planeta. ¿Nos acepta una tacita?

Ningún cuento chino

¿De qué hablamos cuando hablamos de té? Inmiscuyéndonos en el origen mismo de la cuestión, el té es una planta de hoja perenne -es decir, persistente- que crece en climas tropicales y subtropicales, ya que precisa un mínimo de 1250mm de lluvia anuales. ¿En qué tierras recibió su bautismo pluvial? La camellia senensis fue cultivada por primera vez en suelo asiático. Más precisamente en China, allí donde el té supo ser fuente de uso medicinal desde el año 500 a. C. Luego, el comienzo de la era cristiana lo convertiría en una bebida, y la evolución de dicha sociedad oriental en todo un ritual. Es que el té es una verdadera tradición ancestral para los chinos; tanto así que goza de tres ceremoniosos aspectos: la técnica, ligada a la pericia para encontrar buenas hojas y prepararlas; la liturgia, dada por los cánones de cortesía que rigen al momento de servirse el té; y la doctrina, vinculada a la filosofía que encierra tal rito. ¿De qué va aquella? De cultura y arte. El té lo es, y siempre está asociado a alguna expresión artística. De allí que la pintura o la literatura siempre digan presente en las casas públicas de té. Por qué no la música… Todo cuanto la gente culta esté a la altura de disfrutar, en tanto ella es quien pondera en mayor medida la mentada ceremonia.

Destino occidente

Lo cierto es que aquí, del otro lado del mapa, lejos estamos de aquella concepción a la hora de tomarnos un tecito. Sin embargo, esta infusión habría de calar hondo en el mundo occidental. Quien primero abrió sus puertas a las bondades del té chino fue Holanda, allá por 1610. Y el resto del continente europeo no tardaría en hacerse eco de tal novedad. Apenas 20 años después, el té en hebras era adoptado por los más fifís parisinos. Y en los años ’50 fue el turno de Inglaterra, quien cayó rendida a los pies de nuestro protagonista: “la primer bebida saludable del mundo” -así catalogada por los ingleses- llegó a reemplazar, por expresa orden del gobierno, a la tradicional Ale, bebida que fuera ama y señora de los desayunos, hasta que el té llegó para hacer de las suyas, claro.

Cruzando el charco

¿Y quién habría de traer el té para estos pagos sino los recién llegados del viejo continente? La oleada migratoria de fines de siglo XIX sobre la que tanto le hemos contado permitió que, desde principios de siglo XX, la camellia senensis se convirtiera en un cultivo nacional. Le digo más, con sus aires británicos a cuestas, la comunidad galesa se ha despachado con una flor de ceremonia en territorio argento: el famoso té gales. ¡Y ojo que de su tierra han importado la costumbre de tomar té nomás! El pomposo ritual de servir una mesa a todo trapo para deleitarse con un tecito es propio de nuestro país, en tanto aquí es que los oriundos de Gales han adquirido tal hábito. Desde su llegada a Chubut es que los colonos han tomado la hora del té como un parate diario para encontrarse con sus familias. Y, aunque bien lejos de la filosofía que acompaña a los rituales orientales, las ceremonias de las que aún hoy se puede disfrutar en localidades como Gaiman y Trevelin también tienen lo suyo. Dueñas de un encanto de cuento, las Casas de Té abren sus puertas con sus manteles bordados, su delicada vajilla y un sinfín de exquisiteces caseras: scones, masas, tortas, mermeladas, y la lista sigue. Todas ellas listas para ser degustadas junto a un aromático té.

Camino al andar

Ahora bien, buceando en lo profundo del derrotero nacional que iniciara el té, bien vale aclarar que su primer anclaje fue en suelo litoraleño. Corría el año 1923 cuando el Sacerdote Tijón Hnatiuk, oriundo de Ucrania, arribó a la Colonia Tres Capones, en la provincia de Misiones. Allí donde se encontraba instalada su familia. ¿Y qué regalo se le ocurrió traer a este don? Un paquete de semillas de té. Aquellas que plantara y multiplicara su hermano Vladimiro; dando origen así a las primera 4,5 hectáreas de té. Y tan sólo bastó una década para que el cultivo de té se expandiera por toda la provincia y el norte correntino. Ese fue el inicio del camino que habría de transitar la Argentina para convertirse hoy en el noveno país productor de té. Siendo Misiones la provincia que, dueña del clima propicio para las plantaciones, acapara el 95% de la producción nacional. Esa a la que recurren numerosas marcas internacionales para desarrollar sus productos. ¡El té argentino se pone más de un saco extranjero! Y hablando de Roma… ¿cuándo habrá sido inventado el té en saquitos?

Trajeado

El té se puso el saquito por primera vez en los albores del siglo XX. Para ser más precisos, esta forma de presentación, que sería la predilecta de occidente, nació en el año 1904. Aunque bien vale decir que dicho atuendo siempre ha tenido su resistencia, pues la idea de que el té en hebras resulta más natural siempre ha sobrevolado. Y a los hechos nos remitimos, ya que la forma de cosecha y de elaboración es diferente en ambos: para el té en saquitos la recolección de hojas se hace de forma mecánica; mientras que el té en hebras se recolecta de forma artesanal, siendo seleccionadas las mejores hojas. Claro la industria de saquitos de té se las ha ingeniado para captar exigentes adeptos sin resignar practicidad: variedades saborizadas con ingredientes tales como frutas, especias, miel y hasta cacao han seducido a más de un paladar y versionado las más generales clases de té. Esas que -según su nivel de procesamiento y técnica de producción- reconocen la siguiente clasificación: té blanco, elaborado con brotes jóvenes naturalmente marchitos y secados al sol, sin proceso de oxidación (retiro del agua contenida en la hoja); té verde, a base de hojas no marchitas ni oxidadas; té oolong (elaborado con hojas marchitas y oxidadas parcialmente, y té negro; a base de hojas marchitas y oxidadas por completo.

Con todo lo dicho hasta aquí, ¿ya decidió de qué va a colmar su próxima taza? Por lo pronto, más de uno irá pensando que, de vez en cuando, cambiar un té por el clásico cafecito no viene nada mal. Si no, échele una ojeada al menú de nuestra pulpería y verá que bien sabe la idea: una variedad de exquisitos tés lo aguardan a puro sabor y humeante aroma. ¡No se lo pierda!