Tigre club, lujo y opulencia sin azar

FOTOTECA

Albergue del primer casino del país, el Tigre club sí que dio que hablar. Diversión y lujos a todo dar pa’ a la aristocracia contentar.

Corrían los tiempos del centenario de 1910, de los festejos fatuos y de las construcciones despampanantes. Mojones de unas ínfulas parisinas que excedieron, incluso, a la ciudad de Buenos Aires. Pues resulta que la Belle Époque también refrescó sus cimientos a la vera del río Luján. ¿Qué Mediterráneo ni Mediterráneo? El lujo, la opulencia y la diversión en el Tigre club encuentran su ocasión. Porque de este lado del Atlántico, en las sedimentosas orillas del Delta, la crème de la crème nacional –y de la de afuera– sí que se la pasa bien buena.

Así en el Sena como en el Delta

Que si el Tigre hotel andaba haciendo historia a todo trapo, no habría para él mejor aliado que tener el Tigre club a su lado. Y para muestra nomás, vale con que el padre de tal criatura no fue sino el arquitecto francés Pablo Pater (sí, el mismo que proyectó el palacete Ortiz Basualdo, actual sede de la embajada de Francia), en compañía de su socio Louis Dubois y el ingeniero Emilio Mitre (quien también diseñó y financió el Tigre hotel). Por lo que la obra sería una perla asegurada, y su concreción no defraudó en absoluto. Con decirle que se la llamo el “Versalles del Delta”… Por lo que en el verano de 1912 dejó boquiabiertos a propios y extraños. Y eso que aún le faltaba su explanada en altura. Pero ya para entonces tenía con qué. Bajo el estandarte de recreación social y deportiva, con las regatas, el golf y el tenis como actividades de cabecera, la aristocracia caería rendida a sus instalaciones. Pero, por sobre todo, a su belleza. Imagine que, como se dice, el Tigre Club se tiró todas las pilchas encima: los mejores materiales disponibles en Europa fueron a parar a su obra. Pisos de roble de Eslovenia para sus salones de baile, espejos venecianos para decorar, vitrales multicolores, arañas francesas, ¡y ojito con los cristales de la Société Baccarat! Dignos de una calidad y tradición de antaño. ¿Algo más? Escaleras de mármol de Carrara, cómo no para aquel entonces, con barandas de hierro y bronce. Sin dudas, un verdadero chiche.

A rodar la vida

Sin embargo, el plato fuerte del Tigre club se haría esperar un poco. No fue sino hasta el año siguiente de su inauguración que se despachó con su imponente terraza sobre el río Luján, a la que se accedía por una pasarela en altura no menos descomunal, con balaustres y farolas a uno y otro lado. Imagine pues, los paseos bajo la luz de la luna en las noches de verano. ¡Y qué decir de las calurosas noches de carnaval! Aquellas en las que los tradicionales bailes del Tigre club redoblaban la apuesta, con disfraces y orquesta en vivo para, a pura pomposidad, dar rienda a la fiesta. Eso sí, la más codiciada de las estrellas del Tigre se mantuvo puertas adentro, en la planta baja. ¿Diversión y un golpe de suerte procura usted? Véngase a este casino de lujo, donde una racha de buena suerte puede que se le dé. Y si no es así, ¿quién le quita lo bailado? Es 1927, y estamos, pues, ante el primer casino del país. Cuatro días a la semana de diciembre a marzo, en los que 25 mesas de ruleta y punto y banca, a más de un@ han dejado en la barranca abajo. Y habida cuenta de los huéspedes que acudían al Tigre Hotel, distinguida concurrencia supo tener. De hecho, el Tigre Club ha tenido menudos nombres en su haber: desde Julio Argentino Roca por el lado de la política, hasta el tenor italiano Enrico Caruso, pasando por l@s literat@s Alfonsina Storni y Rubén Darío (quien escribió allí su famoso poema “Divagaciones”). Sí, todos los rubros son bienvenidos.

Firme y estoico

Hasta que los años ’30 tocaron a la puerta. Y, con su crisis a cuestas, se llevó al Tigre hotel y Tigre Club casi que en efecto dominó. Claro está, con el golpe de gracia de que, en 1933, su sala de juegos fue cerrada por considerarse clandestina. De modo que el casino de “La feliz” sería el nuevo imán, y las costas saladas de la Biarritz argentina el destino por excelencia en el que vacacionar. Sin embargo, allí resistió el edificio, firme, glamoroso por cuanto pudo, a suerte y verdad de los reveces del tiempo y la desidia. En 1978 se convirtió en propiedad municipal. Un año después fue declarado Monumento Histórico Nacional, y tras haber funcionado como Concejo Deliberante entre 1983 y 1997, le llegó el turno de la merecida recuperación. De la restauración edilicia, sí, pero también del espíritu que en cada uno de sus espacios supo habitar. Toda su original grandeza. Y entonces sí, habiendo vuelto a sus zapatos, a sus cimientos y sus ornamentos, el viejo Tigre club volvió a las pistas para, desde 2006, albergar al Museo de Arte dependiente de la  municipalidad de Tigre.

 

¡Qué tiempos aquellos!, como dice Julio Sosa en su tangazo “Tiempos viejos”. Sin embargo, un paseo por el antiguo Tigre club aún sigue invitando al viaje. Hacia el pequeño Versalles bonaerense, sí. Más a una joyita argentina en la que la historia nunca deja de decir presente.