Usina del Arte, hágase la luz

FOTOTECA

Ex palacete de la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad, la Usina del Arte es presencia e historia. Chispazos de un ayer a toda máquina.

Albergue de creaciones artísticas, la hoy llamada Usina del Arte supo ser gesta de una energía vital: la electricidad. ¿Nada extraordinario para estos tiempos, verdad? Más no así para un siglo XX que daba sus primeros pasos, y en el que las industrias pedían pista en una Buenos Aires cuyos arrabales perfilaban ya una impronta fabril. Por lo que el barrio de La Boca vio erigirse así a la sede que la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad asentaría para saciar la necesidad energética de una ciudad en crecimiento. Con ustedes, el Palacio de la luz.

Overol con estilo

¿Palacio? Sí. Desde sus comienzos la Usina del Arte fue un palacio industrial, todo por cuanto conserva aún hoy la belleza de su primitiva arquitectura. Por cierto, obra y genio del arquitecto Giovanni Chiogna, oriundo de los italianos pagos de Trento y buen bebedor de las artísticas corrientes del norte del país. De allí que el edificio comenzó a construirse en 1914 con un diseño que rememoraba a los palacios florentinos, inspirándose el bueno de Giovanni en el Castillo Sforzesco de Milán. Vaya musa, ¿no es cierto? Y vaya destino, pues así como la Usina del Arte, esta fortaleza de los Sforza es hoy un museo artístico. Pero volvamos al 1900. Y para precisar coordenadas, a la intersección de la avenida Pedro de Mendoza y la calle Senguel (hoy, Benito Pérez Galdós). Allí fue que el palacio de la luz tuvo su primera inauguración en 1916. Era entonces un edificio con basamento de piedra gris y planta rectangular, muros de ladrillos con ventanas uniformes en su tamaño y ornamentaciones también en piedra gris. Dentro, dos grandes naves, una destinada a las calderas y otra a las turbinas, se extendían longitudinalmente. En paralelo, dos cuerpos para servicios auxiliares, destinados al personal técnico, oficinas y viviendas de altos jefes y funcionarios de la empresa.

Tic-tac

Con la maquinaria ya instalada a fines de 1915, la puesta en marcha se produjo en enero de 1916. En ese mismo año y en 1919 llegaría el turno de las ampliaciones, por lo que la Usina del Arte comenzaba ya a alcanzar sus dimensiones definitivas. Contó así con una prolongación de la nave de turbinas hasta la calle Caffarena y un segundo edificio que, más angosto, se hallaba separado por una calle interior. ¿Su distintivo? Una torre con techo de tejas a cuatro aguas que comenzaba a marcar territorio en el horizonte porteño. Así la cosa, el palacio madre y sus dependencias alcanzaban los 2.500 m2. Extensión a merced de las 12 calderas que, combustión de petróleo mediante, producían el vapor que impulsaba las turbinas de generación eléctrica. La corriente resultante era distribuida por medio de cables y abastecía a la red domiciliaria, así como al alumbrado público y al puerto. El agua de refrigeración se captaba desde la Dársena Sud por medio de tomas bajo nivel con filtros, y a través de un canal de descarga ésta volvía al río. A su vez, la provisión de combustibles estaba asegurada desde la misma Dársena por una cañería que conectaba la usina con las lanchas que lo transportaban. Como verá, la Usina fue del Arte funcionaba como un relojito. A puro ritmo y sin pausa.

Usina fantasma

Fueron ochenta años de labor con sus buenas y sus malas (de hecho, quemando carbón, gas y hasta maíz en lugar de petróleo cuando las malas eran más que las buenas). Y si de política y coyunturas hablamos, la usina tampoco zafó del siempre ingrato pasamanos. Vea usted, luego de que la compañía la vendiera al Estado Nacional se incorporó a SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires), quien al dividirse en siete unidades de negocio la transfirió a una de ellas: EDESUR. Su operación recayó después en la firma metalúrgica ACINDAR, hasta que en 1997 esta última decidió liquidarla debido a los sobreoferta energética y los altos costos de funcionamiento. Por lo que las instalaciones fueron desmanteladas y su maquinaria vendida. Sin embargo, dicen que dicen, alguien siempre merodeó dentro, cuando parecía ya nada quedaba. Una señora que, envuelta en su bata, pasea su perro por los rincones del antiguo Palacio de la luz en horas de la madrugada. ¿Y quién pudo dar fe de ello? Dos serenos que, en tiempos de restauración del edificio, de camino a convertirse en la Usina del Arte tal y como hoy la conocemos, renunciaron tras haber visto el espectro. Creer o reventar, ¿verdad? Pero el caso que, sin haber compartido turno, ambos coinciden en el relato de la fantasmal señora. ¿Acaso aquella que, familiar de uno de los directivos de la ítalo, vivió y murió en los sectores del edificio destinados a viviendas? Creer o reventar… Pues si de historias fantasmales hablamos, el barrio da que hablar.

El caso fue que, espíritus aparte, la vaciada usina recaló en el Organismo Nacional de Administración de Bienes del Estado. Ya para inicios del este siglo XXI, en acuerdo conjunto entre el Gobierno Nacional y el de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se estableció que el histórico edificio se convertiría un centro cultural y sede de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. La mentada restauración comenzó en 2007, con casi dos años de trabajo en las fachadas para recuperar el original semblante de sus ladrillos y ornamentaciones. Cinco años más tarde, la invitación fue a ingresar puertas adentro bajo el ya oficial bautizo: la Usina del Arte, allí donde, creaciones mediante, se sigue gestando luz.