Minutas, cuando el morfi es cuestión de minutos.

FOTOTECA

Clásicas en todo restaurante porteño, las minutas deleitan con su abundancia y buen sabor. Por cierto, a prueba de todo reloj.

Que si el deambular y trajinar porteño no cesa ni de día ni de noche, pues tampoco los humos de las cocinas destinadas a combatir el hambre de los transeúntes. Toco y me voy, casi, casi una parada técnica con la que saciar el ragú de turno, y que, muchas veces, sele con cafecito de por medio. Sin extensísimas sobremesas; pero con su debido disfrute. Al menos, mientras el correr de las agujas lo permitan. ¡El tiempo es un bien preciado! Y el buen apetito argento, también. Por eso, si lo que busca es quedar pipón, pipón, sin resignar una pizca de sabor, aproveche las minutas de la ocasión. Esas que, de ágil y fácil elaboración, aterrizarán en su mesa a la velocidad de un avión.

A pedir de boca

¿Hablamos entonces de comida rápida propiamente dicha? Pues sí, y no. Al menos no bajo el internacional concepto de fast food que ya ha copado el mundo entero. Una minuta nada sabe de producción en cadena, de envoltorios de papel, ni de sabores calcados. La mano del cocinero sí que se hace notar en el tradicional listado de minutas que pueblan las pizarras de los “comedores” urbanos, ese que nos tienta a la pasada, nomás, y que más de una vez nos lleva a detener la marcha y sentarnos a saborear uno de sus recomendados platos, y caseritos si los hay, ¿eh? Además de suculentos, lo suficientes como para tirar largo y tendido, como para no querer tentarnos con algo más. Acaso las opciones presentes ya son lo suficientemente tentadoras: clásicas debilidades de paladares nacionales, conocidas y degustadas por todos, de esas que no defraudan, y que los anfitriones de los, llámese bares, bodegones, cafés, restaurantes, ¡nuestra pulpería!, y cuantos etcéteras se le ocurran, preparan en un periquete. Permítame, entonces, una curiosidad ¿Qué se va servir hoy?

La verdad de la milanesa

Si bien no hay un inventario oficial de minutas, lo cierto es que los platos que nutren su buen nombre suelen ser de presencia, fama y aceptación por demás recurrente. Una minuta que ha sido, y aún hoy, amor a primera vista, y paladeada, es la milanesa. De pollo, de carne de ternera, ya hasta de soja, si hay vegetarianos a la vista, salen como piña cada mediodía; y, más de una vez, en su versión napolitana: salsita de tomate, queso, y no falta quien le sume una feta de jamón. Su grata compañía puede una refrescante ensaladita, ser un puré de papas, por qué no mixto -dando lugar y participación a la calabaza-, papas fritas, y hasta a caballo. Eso sí, en este caso, no le aseguramos que pueda levantarse tan prontamente de la silla. ¿Qué quienes son los jinetes de las milangas? ¡Uno o dos potentosos huevos fritos! Por las dudas, una vez que los cubiertos hayan ajusticiado tal platazo, procure ayudar su digestión con un tecito de boldo.

Clásicos de clásicos

Continuando con el detalle, las empanadas son otro clásico infaltable. Carne y jamón y queso a la cabeza; aunque las variedades de humita, verdura, queso y cebolla, pollo y demás rellenos son siempre bienvenidos. Una generosa tortilla de papas, y hasta un omelette, también suelen ser de la partida. ¿Se acuerda del viejo y conocido revuelto Gramajo? ¡Que no le hemos contado ya de él! Tal vez, que también es otra de las minutas predilectas. Y, por supuesto, no habremos de obviar a un “todo terreno”: el sándwich. Tostado, en pan tipo pebete, en pan francés…y, entre rebanada y rebanada, con lo que venga. Fiambres, lechuga, tomate, pollo, lomito, huevo. Tremenda pila de sabor mantenida en su lugar gracias a la acción de un escarbadientes capaz de resultar ciertamente asesino si no lo “despincha” a tiempo. La mayonesa, el kétchup, la mostaza e, incluso, la salsa golf, se ofrecen, siempre listas, como grandes partenaires.

Ahora ya lo sabe, ¿tiene usted un par de minutos? Nada mejor que hacer marchar una minuta. Panza llena y corazón contento, de tanto masticar sabor del bueno. Sale con gaseosa, sale con tinto y soda, sale con una rubia espumosa. Porque con poco o mucho tiempo, a la hora de sentarse a la mesa, bien vale darse un buen gusto.