Aguaribay: al gran suelo argentino… ¡salud!

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Árbol nacional y sudamericano, el Aguaribay fue sagrado para los incas. Y aún ante el correr del tiempo, su nombre sigue siendo sinónimo de

Mulli, Molle, pimiento, pimentero, árbol de la pimienta, pimiento del diablo y la lista sigue. Primo del sauce criollo en lo símil de sus ramas “lloronas”, el Aguaribay (como se lo conoce popularmente en San Luis, Córdoba, Corrientes, Entre Ríos y se ha extendido a Buenos aires) no se ha cansado de responder a nombres varios. Y es que afincado en el litoral argentino, así como en el noroeste (Jujuy, Salta, Catamarca, Santiago del Estero y Tucumán), sin olvidarnos de Paraguay, Bolivia y Perú, vaya si ha sabido hacerse la América. Eso sí, del Sur. Y desde tiempos ancestrales.

En su sagrado nombre

Molle vino de Mulli, tal como el Aguaribay fue bautizado por los incas, quienes lo consideraron un árbol sagrado. Vea usted, amigo de la calidez, aunque resistente a fríos y sequías, al Aguaribay no hay que con que darle. Pero su sacralidad no pasó por su tenaz supervivencia, sino por cuanto supo, y aún hoy, proveer de sí. Plantado a la vera de las rutas de comunicación del imperio incaico, delimitaban su traza al tiempo que protegían a los chasquis. Piense nomás, en esas épocas, nada de un alto en la pulpería. Por lo que estos jóvenes corredores que, portadores de mensajes y recados, daban vida al sistema de correos del Tahuantinsuyo, tenían su buena custodia y guía. Sólo era cuestión de no salirse de las filas del Aguaribay. Pero eso no era todo, ya que de la resina de sus hojas y corteza los incas extraían un bálsamo que utilizaban para la curación de heridas. Y dicho guante fue bien recogido los jesuitas, quienes recurrieron a las bondades del Aguaribay para curar úlceras, calmar cólicos, reumatismo y otras dolencias. Por cuanto he aquí un nuevo bautizo. Conocido entonces como “bálsamo de misiones”, nuestro árbol protagonista tampoco se privó de ser actor partícipe de ceremonias y ensalmos. Tal como ya lo era para los pobladores originarios antes de la conquista española.

A su servicio

Ahora bien, ¿de qué iba, y todavía va, la resina sanadora del Aguaribay? Segregada por el propio árbol, es dueña de un olor fuertón, y dado sus comprobados efectos a este lado del Atlántico llegó a comercializarse en boticas europeas como “mastix americana”. ¿Anda necesitando una purga? ¿Sus pies están algo hinchados? ¿Heridas a la vista? La mastix prestaba alivio. Aunque, como se sabe, la buena vida no va solo de buena salud. Por cuanto el Aguaribay también la fomenta a todo sabor. Sus frutos carnosos y redondeados, en cuyo interior descansa un caroso dulce y picante, envuelto en una capa leñosa, han sabido estar al servicio de chichas y arropes. Mientras que el pequeño carozo bien sabe hacer las veces de pimienta. Claro que, con el tiempo, se ha ganado la condición de condimento propio: la llamada “pimienta rosa”. Como verá, el Aguaribay no se cansa de dar. Más tampoco de estar. Árbol nacional, aunque sin la fama muchos de aquellos con quienes comparte título (¿acaso no le suenan más el Ceibo, el Palo borracho o Jacarandá?), lo suyo es el crecimiento espontáneo.

Así la historia, sin necesidad de agua en demasía, dando leña y cobijo, salud desde su resina y hasta sabor a las comidas, el Aguaribay es un canto a la vida. Al gran suelo argentino, salud da su bella presencia. No podíamos, acaso, dejar de rescatarlo en éstas líneas.