Al pan, pan, al vino, vino, y a Sarmiento, pepinos

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¿Cuál puede ser la mayor debilidad argentina a la hora de sentarse a la mesa? Contra todo pronóstico, la de Sarmiento fueron los pepinos.

Ya le hemos comentado que en los tiempos “rosistas” todo bicho que caminaba iba a parar al asador. Y ojo que si el pobre tenía alas, también. O cuando menos, a la olla de puchero. Por lo que allí estuvo él, don Domingo Faustino, alzando la bandera de los vegetales y los frutos secos para contrarrestar tanta cacería. Porque verde que te quiero verde, como decía el poeta García Lorca, fue para Sarmiento una máxima en su alimentación. Tanto así que hasta sus opositores llegaron a llamarlo “comepasto”. Sin embargo, para quienes verdaderamente lo conocieron, tuvo el paladar del Sarmiento un único e incomparable dueño: los pepinos.

La mesa está recibida

Será que había mamado el cultivo de hortalizas y verduras en jardín propio, allá por sus pagos natales de San Juan, que a mediados de siglo XIX hasta llegó a impulsar una campaña para fomentar su consumo a nivel nacional. Le digo más, para garantizar frescura, ¡hasta sugería la idea de la huerta en casa! ¿Acaso su grito sonó tan fuerte que desde la casona lo escuchamos ya en pleno siglo XXI? El caso fue que Sarmiento no era ningún improvisado en el asunto. De hecho, era la huerta algo en lo que ponía manos a la obra desde chico, con la ayuda de su criada Toribia; y que luego replicó ya de adulto, en la casa del delta de Tigre en la que vivió más de 30 años. Sin embargo, nada podía igualar al sabor autóctono de los frutos de su cuyo querido. Dulces, conservas y frutas sanjuaninas, especialmente dulces y membrillos, eran delicia de su inventario de comestibles; con especial mención para aceitunas remojadas, duraznos en aguardiente e higos en almíbar. De allí que cada carta que recibía de parte de sus hermanas, sin importar donde fuera que él estuviese, siempre venía con yapa: un paquete con estos buenos víveres.

Pepinos móviles

Lo cierto es que, como buen embajador de la cocina, Sarmiento coqueteaba con sabores de toda clase. Hemos dicho, con predilección por aquellos originarios de su tierra. Sin embargo, su ¿sorpresiva? debilidad eran los pepinos. De gusto más bien fuertón, invasor para muchos, suena casi que a gusto excéntrico. O no tanto… Si a la historia nos remitimos, los pepinos supieron ser casi que un infaltable en los imperiales banquetes romanos. Con decirle que hasta se las habían ingeniado para desarrollar huertas móviles, que transportaban en carros cubiertos por telas enceradas capaces de proteger a los pepinos del frío. Pero garantizando, a la vez, el siempre tener pepinos frescos para servir. Por lo que la perdición que era para Sarmiento la ensalada de pepinos parece tener un alto antecedente. Y cuando decimos perdición, lo era en el más literal de los sentidos…

Abstinencia, a abstenerse

Mire si Sarmiento estaría siempre prevenido para que no quedarse sin su ensaladita que, no llevaría él huertas móviles ni ninguna sofisticación parecida, pero sí una porción de pepinos a cuestas. Así fue como, una vez que hubieron faltado en su casa sin, sacó dos pepinos de los bolsillos y se los dio a la cocinera para que hiciera lo suyo. ¿Qué tal? Así fue como la indigestión comenzó a tocar a su puerta tras tanto pepino por aquí y por allá. Porque a Sarmiento le gustaba comer, y los pobres pepinos no tenían total culpa de sus empachos; pero sí que eran ellos los más reacios a ser digeridos como todo buen comensal manda. Incluso de la boca del propio Sarmiento salió la frase “me provoca más indigestión la mentira que los pepinos”. Y vaya si lo decía a su pesar… Porque don Domingo no aflojaba. Al punto tal que hasta sus sobrinas llegaron a decirle que en el mercado no había más pepinos con tal de evitarle, ya anciano, malestares mayores. Porque podía prescindir de cualquier cosa (cuando era presidente, le pidió a sus hermanas, siempre a tiro con las encomiendas culinarias, que dejaran de enviarle higos en almíbar porque estaba engordando demasiado), pero de pepinos, jamás.

De hecho, ya radicado en su morada última, en la vecina tierra de Paraguay, Sarmiento llegó a confesarle a una de su hermana Bienvenida su gran penuria allí: ¡cómo le apenaba tanto malestar estomacal en un país en que los pepinos crecían como en ningún lado!