Campari, el diablo de Turín

De auspicioso regreso a las barras, el Campari esconde en su fuego el secreto mejor guardado de Turín. Vida y sabor de un aperitivo de ley.

Denso y amargo como él solo, el Campari se acicala sin rubores en pos de sus consumidores: hielo, soda y naranja (ya sea en gajos o jugo) lo tornan amable a las gargantas; aunque apenas rebajan un fulgor que le es propio. Es que el diablo de Turín no tiene reparos a la hora de entrar en escena. Dueño de un rojo tan sensual como su sabor, este aperitivo revive hoy su triunfal anclaje a las barras.

 

60 son mejores

Pero… ¿qué tan atrás en el tiempo nos remonta su existencia? Vaya sabiendo que poco menos de dos siglos. Sus orígenes datan del año 1860, en la italiana ciudad de Turín. Fue precisamente en la capital piamontesa que, tras las bambalinas del bar Bass, el bueno de Gaspare Campari hizo exitoso uno de su fama. Lo suyo era mezclar bebidas: unas hierbas por acá, otras por allá, y listo el brebaje de turno. El hecho fue que, en aquella oportunidad, Campari no se anduvo con chiquitas: mezcló nada menos que 60 ingredientes, entre los que incluyó especias, hierbas, ralladuras de frutas, cortezas y demás etcéteras. Dicen que dicen, Rubiarbo, Ginseng, cáscaras de naranja y corteza de Cascarilla fueron, y aún son, algunos de ellos. Sólo que el secreto de tan acertada maceración nunca se develó por completo. ¡He allí el quid del Campari! Aquel que, para entonces, fue bautizado con el nombre de Bitter all’uso d’Holllandia. ¿La razón? Su comparable éxito con los amargos holandeses de la época.

 

Bajo siete llaves

Claro que el trago no tardó en simplificarse. ¿En su receta? No, en el boca a boca que lo mencionaba, que  lo solicitaba en cada atardecer turinés. “Campari”, ni más ni menos. El dueño del misterioso elixir, el responsable de su color fuego. Los años habrían de revelar que su característico rojo proviene del carmín de cochinilla; aunque, desde luego, gran parte de sus componentes son aún el secreto mejor guardado de Campari. Ya no de Gaspare; sino de la compañía que ha adoptado su apellido como marca registrada. Así es, la fórmula que enciende las noches es un enigma que sólo conocen el propio presidente de la firma y los técnicos que, a partir de ella, ponen manos a la obra.

 

Aperitivo de ley

¿Y qué hay de sus conquistas? Cierto es que su sabor es resistido por unos cuantos, que así, solito y sólo, sin naranja y hielo de por medio, puede resultar muy hostil… Pero así de eficaz es su abrasivo efecto, aún rebajado y mezclado. Ocurre que la ácida amargura del Campari es ideal para despabilar paladares y predisponerlos a nuevos sabores. Como si  de un despertar de sentidos se tratase, el Campari enciende nuestra percepción del gusto. Por lo que resulta, nunca mejor dicho, un verdadero y literal aperitivo. De allí que, amén de sus detractores, que sí que los hay, el Campari ha sido venerado por unos cuantos bebedores ilustres. Desde el escritor Ernest Hemingway hasta el actor William Holden, el Campari sí que conoció las luces de la fama.

 

¿Será que alguna vez se convertirá en pasión de multitudes? Por lo pronto, su regreso a las barras argentas resulta más que auspicioso. ¿Gusta de servirse uno? Estaño mediante, aquí lo esperamos para que, entre trago y trago, saque usted sus propias conclusiones.

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¿Sabe quiénes, brebaje va, brebaje viene, siguieron los pasos de Gaspare Campari? Algunos no menos exitosos colegas suyos: un tal Alessandro Martini, y un don llamado Carlo Gancia ¿Le suenan? Claro que, un siglo antes, los grandes precursores fueron Carlos Stéfano y Giacomo Cinzano, creadores, en la mismísima Turín, del vermú Rosso.

BIBLIOGRAFIA

Coctelería argentina: el mar de Tato. Giovanni, Tato. Sudamericana. Buenos Aires, 2016.

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