Champagne Baronet, la espuma de la victoria

FOTOTECA

El patagónico champagne Baronet se dio el gustazo de ser el champagne más codiciado del mundo. Aquí, la historia de su espumante triunfo.

En la tierra del buen vino, erase una vez un buen champagne. Qué digo bueno… ¡buenísimo! Tanto así, que llegó a convertirse en uno de los más preciados del mundo. Argento, patagónico, y a mucha honra, el champagne Baronet debe su nombre a su célebre creador, un Barón de auto adjudicado título. ¿Qué tal?

Visionario

Camino al andar fue el que hizo don Patricio Piñero Sorondo, en los pagos rionegrinos de General Roca. Pues allí, donde nada había, el muy visionario apostó a lo grande. En 1908, y contra todo favorable pronóstico, creó el establecimiento “Los Viñedos”, una quinta en la que estableció la bodega “Barón de Río Negro”, así llamada en honor a su propia persona. Vaya uno a saber cómo es que éste buen nombre se hizo de su título, y a razón de qué orgullo es que le ha dado lustre a lo pavote. Pero lo cierto es que nunca nadie se lo discutió, cosa de no ser más papista que el Papa, vio. Pues, a fin de cuentas, don Patricio no era ningún Sumo Pontífice; pero sí que fue amo y señor de Allen, pueblo qué el mismo fundó al establecer su quinta. Y la historia recién comenzaba.

Made in Allen

El hecho es que la instalación de la bodega resultó ser toda una pegada, y la calidad de los vinos no tardaron en dar sus frutos: los vinos del Barón de Río Negro no eran para cualquiera. Su consumo era sinónimo de distinción, y su obsequio un presente de aquellos. ¿El secreto? La metodología empleada, a la europea. Así fue como su champagne no tardó en saltar al mercado: recurriendo al método champanoise propio del viejo continente (proceso de doble fermentación que retiene las “espumosas” moléculas de dióxido de carbono en el líquido), el éxito estuvo asegurado. Si en la francesa región de Champagne funcionaba, pues aquí también. Y vaya si así lo hizo,

Con derecho de autor

Los premios comenzaron a caer a medida que el champagne Baronet avanzaba a paso firme por las latitudes nacionales (¡gran mano gran le dieron los Ferrocarriles del Sud! Todo un lujo para la época, como el propio Baronet). Con decirle que hasta un par de compañías internacionales, tentadas por la bonanza que auguraba la Patagonia, le acercaron a Piñero Sorondo sus aún más tentadoras ofertas. Pero no hubo billete ni arreglo capaz de quitarle a este Barón rionegrino su mayor orgullo. Y vaya si tenía motivos, ¡lo suyo había sido un verdadero suceso! Tanto así, que la industria mundial del champagne haría aparecer nuevos “barones”. Claro que los nombres podían ser similares; pero champagne Baronet sí que hubo uno sólo.

Barón destronado

Lo cierto es que el éxito de don Patricio, su bodega Barón de Río Negro y su champagne Baronet produjeron un saludable efecto contagio en todo Allen: poco a poco, la localidad se fue poblando de una gran cantidad de bodegas orientadas al mercado local; aunque el exceso de producción y la competencia cuyana acabaron por hundir la actividad, allá por los años ’30. Por lo que la desaparición de los pequeños viñateros acabaría, en el correr de los años, en una crisis que se llevaría consigo hasta al niño mimada de Allen: el champagne Baronet.

¿Qué sí tan sólo su noble recuerdo nos ha dejado el champagne Baronet? Quizá algo más: el orgullo de su título. ¿El de Barón? No, ese ha quedado para su sin igual creador. El título más valeroso del champagne Baronet ha sido, acaso, el de ser uno de los más codiciados del mundo. ¡Vincit qui durâ!, tal como versaba su etiqueta: esa “victoria que perdura”, y no se cansa de perdurar.