Koa, en tu genérico nombre

Traspasando fronteras, la koa es la planta ceremonial que, a un lado y otro de los Andes, conecta mundos y aúna raíces en un idioma común.

Que la koa no es koa por su existencia misma, sino por cuanto al fin está. Y ello es, acaso, un saber compartido, una tradición, una costumbre, un ritual, un llamado. Koakhoako’akoba, koya, kolla, wirakoa, tola, chakatolachachaco’a y demás etcéteras. Sí, nombres le sobran a la Koa, esta especie botánica que conjuga las letras del alfabeto a voluntad pues no es más que su propósito, el carácter funcional de su presencia, aquello que la bautiza. Desentendida de límites geográficos, políticos y fronteras idiomáticas, koa es “aquello que se transforma en otra cosa”. Y a tal alquimia de significados y significantes es que desde éstas líneas l@ invitamos.

Humo sagrado

Una misma especie botánica que crece en diferentes geografías y, por tanto, conocida popularmente por diferentes nombres, esa es la koa. La de los bautizos populares que han sumergido su decir puramente científico en una amalgama de regionalismos y herencias de la tradición oral. Así, la koa que crece a este lado de la cordillera no es la misma que Andes detrás. Pero sonará igual, o casi, casi, a los oídos. Pues las convoca a ellas una unánime condición: la de transmutar. De allí que “koar” remita específicamente a la acción de quemar plantas a modo ceremonial, de sahumar en un proceso de limpieza, curación o elevación tanto de plegarias como de agradecimientos a divinidades y ancestros. La Koa es al fin ritual, la materia prima desde la que conectar aquí, en este mundo palpable, con aquel otro más sutil. Y es que para la cosmovisión andina, el puente entre ambos planos es precisamente el humo. Por lo que, por sobre una especie botánica específica, la koa se alza así, en su carácter genérico, como la planta ceremonial más importante de los Andes. Pues koas puede haber muchas, pero su condición litúrgica es, a fin de cuentas, única.

Los Andes sean unidos

Argentina, Chile y Bolivia. ¿Separados por la cordillera o en verdad por ella unidos en su fraternidad, en su raigambre y sacralidad más primitiva? Porque lo que alguna vez fue determinado como límite también puede ser comunión; y de ello va la koa en su única voz. Aquella que en el extremos norte de Chile y el sur de Bolivia identifica al arbusto Diplostephium cinereum, precisamente abundante entre los 3500 y 4500 m de altitud. Resinoso, aromático, la doble (diploos) corona (stephan) referida en su nombre alude a la doble hilera de vilanos en torno a sus frutos; mientras que el gris ceniza (cinereus) pertenece a sus hojas. Así como el copal en Mesoamérica, esta koa se recolecta, pica, seca y quema sin que llegar a las llamas principalmente para rituales de limpieza de casas o curaciones de “males”.

Por su parte, más al sur, en la chilena región de Antofagasta (aunque también en menor medida al sur de Bolivia y norte de Argentina), las Fabiana squamata y Fabiana bryoides se visten de koas: o k’oas, kobas o koille, entre otras denominaciones. También resinoso, este arbusto pequeño de hojas símil escamas a los largo de su tallo es quemado principalmente para sahumar ganado, limpiar acequias o canales riego.

De local

Finalmente en la Quebrada y Puna Jujeñas, la Parastrephia quadrangularis (así denominada por la disposición cuadrangular de sus ramas), hace lo suyo en honor a la Pachamama, liberando el aroma de sus hojas al momento de “alimentarla”.  Y cuando alimentos provienen de otras regiones, esta koa es utilizada para sahumarlos y conservar sus propiedades: el ánimu. ¿Alguna funcionalidad más para este arbusto? Claro que sí, pues los olores que desprende su sahumado son capaces de crear un ambiente de curación para los cuerpos al ingresar a él.

Por su parte, en los pagos catamarqueños de Antofalla, esta misma especie es destinada durante la señalada de animales y para rituales agrícolas, además de ceremonias en honor a la Pachamama. Aunque ante su falta, la mentada Fabiana bryoides puede entrar en acción: protegida por rocas en laderas secas y arenosas, es muy resistente a los suelos salinos; siendo precisamente Antofalla una comunidad situada prácticamente a la vera del salar homónimo. Allí donde esta koa de hojas perennes luce sus flores tubulares en blanco, amarillentas y azuladas o violáceas.

 

Ya lo ve, parroquian@ amig@, diferentes idiomas, un mismo lenguaje. Diferentes países, fraternales naciones. Porque de tender puentes va el asunto. Al genérico decir de la koa, humo sagrado mediante.

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