Le Corbusier, el utilitarista

FOTOTECA

Anticipándose a toda expectativa, Le Corbusier revolucionó la arquitectura mundial bajo la bandera del utilitarismo. Genio y controversia.

Nació en La Chaux-de-Fonds, Suiza, allá por 1887, bajo el nombre de Charles-Édouard Jeanneret-Gris. Pero no fue otra que Francia, su segunda nación, la tierra en la que adoptaría su nombre más célebre: Le Corbusier. ¿Uno de los arquitectos más destacados del siglo XX? Sin dudas ¿Un hombre sin medias tintas? También. Sus ideas innovadoras, su visión utilitarista y su estética revolucionaria lo hicieron vagar entre el amor el odio, entre admiradores y detractores. Hasta el propio Salvador Dalí se despachó con una crítica sin atenuantes: para el artista español, sus edificios eran “los más feos y más inaceptables del mundo”. Menos mal que Le Corbusier hizo oídos sordos y siguió haciendo de las suyas. Todo aquello que habremos de contarle en estas líneas.

Funcionalidad ante todo

Mientras las industrias de automóviles, transatlánticos y aeroplanos avanzaban a todo vapor; Le Corbusier echaba humo de su cabeza. ¿Por qué no concebir una vivienda tomando los principios de funcionalidad y practicidad que predominaban en la actividad industrial? Para Le Corbusier, una casa debía enfocarse en su utilidad diaria, además de su belleza; de modo que pudiera comprenderse como “una máquina de habitar” (machine à habiter). No es de extrañar, entonces, el concepto de arquitectura que desarrolló la mente de nuestro protagonista: el juego correcto y magnífico de volúmenes bajo la luz, a partir de la lógica utilización de nuevos materiales tales como el hormigón armado y el vidrio plano en grandes dimensiones. Claro que la historia no terminaba allí, entre cuatro paredes. Le Corbusier iba más allá.

Puertas afuera

El suizo sostenía la necesidad de una nueva planificación urbana, aquella que, al igual que las viviendas, resultara acorde a las demandas de la vida moderna. ¡Imagínese lo polémico y vanguardista que resultaba aquello para principios de siglo XX! Sin embargo, no sin entre unas cuantas miradas y voces detractoras, se las ingenió para poner manos a la obra: en una París que, de acuerdo a sus propias palabras, resultaba ser una “reliquia medieval”, le Corbusier procuró racionalizar los espacios urbanos a partir del diseño de Ville Radieuse y el Plan Voisin, proyectos presentados en 1924 y 1925 respectivamente. Todo cuanto no pasó de una utopía. Sin embargo, ya iniciada la década del cincuenta, el gobierno de India le encargó el diseño de Chandigarh, nueva capital de la región de Punjab. Y Le Corbusier se sacó las ganas. Por fin puso en práctica su pensamiento urbanístico.

La vuelta al mundo

Echados por tierra sus proyectos destinados a la ciudad luz, Le Corbusier consiguió, al menos, construir una serie de villas familiares cercanas a París. Tal fue el caso de Villa Stein (1927) y Villa Savoye. Concebida entre 1928 y 1931, esta última resultó ser un claro manifiesto de los cinco postulados sobre su concepción de “nueva arquitectura”. Bloques elevados sobre pilares, planta libre, fachadas independientes de la estructura, ventanas longitudinales, y techos planos, destinados a utilizarse como terrazas ajardinadas. Porque si algo tenía Le Corbusier, eran las cosas claras. Además de perseverancia, por más proyecto trunco que se suscitase. Como ser, el Palacio de los Soviets en Moscú (1928). Sin embargo, la obra de nuestro protagonista acabaría por dar la vuelta el mundo, con reconocimientos y todo. Con decirle que las obras de Le Corbusier declaradas Patrimonio Mundial se encuentran desparramadas en siete países: Francia, Bélgica, Suiza, Alemania, Japón… ¡y Argentina! Sí, señores, la Casa Curuchet de La Plata es el nacional orgullo que, junto al Capitolio de Chandigarh (India), el Museo Nacional de Bellas Artes de Occidente de Tokio (Japón), y la Unidad de Viviendas de Marsella (Francia), entre otras, forma parte de la privilegiada lista.

La esperanza argentina

La pregunta es, ¿en qué momento desembarca Le Corbusier en Argentina? Fue en 1929, con la elevada autoestima que sus recientes obras le habían proporcionado. Sólo que no tan agradable sorpresa se llevó a golpe de vista. Una Buenos Aires que emulaba la monumentalidad de las grandes metrópolis europeas no hizo más que ganarse el mote de “ciudad sin esperanzas” de parte de nuestro protagonista. ¿O será que él podía encarnar alguna? Así fue como diseñó un proyecto capaz de regalarle algo de futuro, pero con un pequeño detalle: tal renovación implicaría la demolición gran parte del centro porteño. ¿Imagina, en la Buenos Aires glamorosa de aquellos tiempos,  las inmediaciones del obelisco pobladas por monoblocks con jardines a su redor, autopistas, torres espejadas…? Luz y mucho verde, innegociables para todo proyecto de Le Corbusier. Toda una marca registrada del suizo, quien supo cultivar aquí más de un admirador. Entre ellos, el gran Amancio Williams ¿Lo recuerda? El autor de la Casa del Arroyo. Vaya si resultó buen discípulo…

Persevera y triunfarás

Si de admiradores hablamos, Juan Kurchan y Jorge Ferrari Hardoy también fueron de la partida. De hecho, Le Corbusier los hizo trabajar en su plan urbano para Buenos Aires, ese que nadie le había solicitado, pero al que apostaba las esperanzas de esta desesperanzadora ciudad. A fin de cuentas, la fe es lo último que se pierde. Y bien que hizo en conservarla, pues, diez años más tarde, Kurchan y Ferrari Hardoy fueron contratados por el gobierno municipal para trabajar en una nueva planificación urbana. ¡Al fin el proyecto de Le Corbusier tenía sitio! Sin embargo, por tratarse de un plan concebido por un extranjero, las autoridades le bajaron el pulgar. De modo que el dúo continuó su propio camino, dejando a Le Corbusier con las ganas. Y no fueron los únicos: Victoria Ocampo lo había convocado para la construcción de la hoy llamada “Casa Moderna”…. ¿Y?  Usted bien sabe el final de la historia: Alejandro Bustillo acabó por hacerse cargo de la obra. Sin embargo, ya en 1949, llegaría a Le Corbusier un llamado certero. ¿De parte de quien? Un médico que quería una casa en la Ciudad de La Plata, la capital bonaerense. Sí, un tal Curuchet…

Desde luego, esa ya es otra historia de la que pronto lo contaremos. Por lo pronto, nos quedamos con el genio de este revolucionario. Aquel que, lejos de propuestas estrafalarias y rimbombantes, tan simplemente apeló al utilitarismo. Gran influencia gran, si de modernismos hablamos. Sí, aún cuando la sociedad del mundo no pensaba en ello.