Mantecol, dulzura del Olimpo

Si el mantecol es para usted un placer divino, está en lo correcto. Concebido por inmigrantes griegos, su nombre es pura argentinidad.

¿Que si gran parte de nuestro acervo gastronómico se lo debemos a la tanada que cruzó el océano hacia fines del siglo XIX e inicios del XX? Cierto. Tanto como que la cocina colonial ha dejado su buen legado. Sólo que la historia no concluye en una simple fusión ítalo-hispana… ¡Y qué lo digan los griegos! Más precisamente, los Georgalos, una familia que, proveniente de las tierras del Partenón, traería consigo la deliciosa receta del halva: una golosina elaborada con pasta de maní y azúcar. Sí, sí, nada menos que el argentinísimo mantecol.

 

Halva se dice mantecol

Corría el año 1939 cuando don Miguel Georgalos patentó el mantecol. Tenía entonces 25 años, y apenas llevaba dos en estos pagos. Le digo más, de castellano, poco y nada… pero de intuición, mucho. Todo cuanto le fue preciso para comprender que la helénica halva sería toda una pegada en suelo argentino. De modo que no tardó en poner manos a la obra. Durante años, la elaboración del producto fue completamente artesanal, salida de las manos de los Georgalos. Aunque el crecimiento de las ventas derivó en una necesaria industrialización. Así la historia, el mantecol fue causa y testigo de su propia transformación: de la primitiva fábrica en Floresta a la expansión nacional en Córdoba y Mendoza; y de la firma “Greco-Argentina” a “Georgalos Hnos SRL”. Para entonces, la materia prima ya no era importada de Grecia; sino que se producía aquí mismo.

 

Pum para arriba

Y así como traspasó las fronteras porteñas, el mantecol también fue más allá de los kioscos. ¡Si hasta gozó de fama televisiva! Allá por los años ’60, de la mano y buen genio del gran Manuel García Ferré (creador de Hijitus y Anteojito, entre otros entrañables personajes animados), la “Pandilla Mantecol” fue todo un éxito en materia de publicidad. Más de uno recordará aún el famoso jingle canturreado por la banda… “Por la vida contento voy, saboreando el rico Mantecol”. Sin dudas, pasión de paladares. Aunque  si de pasión de multitudes hablamos, un oriundo de Floresta no podía menos que bancar los trapos del “albo”. Así fue como, entre 1985 y 1991, mantecol patrocinó la camiseta del club All Boys.

 

Azúcar amarga

Claro que la vida tiene sus agridulces. Y la del mantecol no fue la excepción. Tras saborear las mieles de la bonanza, no pudo evitar la amargura de las malas. Los vaivenes económicos hicieron que Georgalos contrajera una deuda millonaria. Por lo que, desde el 2001, la producción del matecol pasó a manos de “Cadbury Stani”, filial de la compañía inglesa “Cadbury Scweppes”, quien lo dotó de un nuevo nombre: nucrem. ¿Por qué será que aún subsiste la costumbre de llamarlo mantecol? Porque su esencia es la misma; así como su tradición: ¡imposible concebir una mesa navideña sin él! Y hasta para más de un goloso, su recetario de dulces favoritos. Porque si de algo sabe el mantecol, es de ductilidad. Presente en tortas y demás postres, ofrece la dicha de ser paladeado todo el año.

 

Y hablando de Roma… ¿ya probó nuestro helado de mantecol? Tan argentino como su más auténtico sabor.

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¿Acaso cree que de los griegos sólo heredamos el mantecol? Nada de eso. Por la misma senda que Miguel Georgalos anduvo su compatriota Demetrio Elíadas, mentor de una tal confitería Havanna.

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