Marabú, el tango sigue sonando

FOTOTECA

Cabaret del largo aliento en la noches porteñas, el Marabú fue templo de tango y diversión. ¡De conocerlo no deje pasar la ocasión!

Que lo suyo no habrán sido las cortinas cebradas del Morocco neoyorquino, pero su pista de damero blanca y negra vaya si ha dado que hablar. Porque lejos de los números rojos que azotaban la noche norteamericana, por estos pagos sureños, una Buenos Aires con aires europeos gozaba sin tapujos de su noctámbula ebullición. Y codo a codo con el Chantecler y el Armenonville, allí estaba el Marabú. Paraíso permitido en el subsuelo de un palacete sobre la calle Maipú al 359, tuvo él una particularidad. La de prolongar su existencia y vigencia lo que ninguno de los suyos ¿Gusta conocerlo?

Todo el mundo al Marabú

Si de juerga nocturna hablamos, los años ’30 del ya pasado siglo XX pudieron haber sido sinónimo de cabaret. Y con todos los chiches: pistas de baile, escenarios para orquestas típicas y de jazz, barra de bebidas, mesas en redor para socializar y tomar un descanso entre pieza y pieza. Ése era el abc de todo reducto que se preciara de tal, allí donde un acrisolado público se daba cita para una segura diversión. Desde anónimos cajetillas y esos que no lo eran tanto –así que, si por billetera no le da el piné, al menos en apariencia simule usted–, hasta personalidades del deporte, la cultura o la política. Todo el mundo al Marabú, la boite de más alto rango, donde pichuco y su orquesta le harán bailar buenos tangos… ¿Vio qué cartelón nos da la bienvenida? Y créame que este pebete de 23 años promete. Así que recuerde esta noche de 1 de julio de 1937: su nombre es Aníbal Troilo, y estamos ante el debut de futuro peso pesado del tango. ¿Qué en el Chantecler la rompe la orquesta de Juan D’Arienzo? Pues por estos lados, pichuco no será menos. Y eso que los mil metros cuadrados que nos esperan suelo abajo intimidan de lo lindo. Eso sí, puede que no tanto como el portero de levitón y su ladero de chaqueta abotonada. Pero una vez que este par da el visto bueno, las escaleras de mármol son todas nuestras. ¿Quién dijo acaso que no es posible descender al cielo? O más bien al “templo”, tal como el Marabú fue apodad por sus habitué. Y no era para menos…

Cruce de gigantes

Dos años nomás que el marabú abrió sus puertas, en 1935, y mire ya en qué se ha convertido. ¿Gusta de ir a la barra por un trago? Mire que allí nos espera un crack de bartender. No diga nada todavía, pero la va descocer con dos tragos de aquellos. Cuando la Segunda Guerra Mundial ya sea historia, el Berlín 1945 será un sorbo a salud de los aliados: gin inglés, cognac francés, bourbon norteamericano y vodka ruso. Mucho hielo de por medio, una rodaja de naranja y una cereza para coronar. ¿Cómo lo ve? Y ojo que el Medias de Seda no se va quedar atrás: pisco, azúcar, crema de cacao y crema de leche. Así que sorbo va, sorbo viene, más de una amistad de lujo por estos lares acabará por cocerse. Sin ir más lejos, en el Marabú es que harán buenas migas don Mariano Mores y Enrique Santos Discépolo. Imagine que, de no haber sido así, tangazos como “Uno” o “Cafetín de Buenos Aires” no hubieran existido en el cancionero de nuestra música ciudadana.  Y si me deja anticiparme a los años ’40, un Troilo ya cansado de gastarla  sobre este escenario se presentará nada menos que con un tal Astor Piazzolla. ¿La frutilla del postre? Osvaldo Pugliese y Alfredo de Angelis también frecuentarán estas tablas. Claro que, entre las multitudes, también hay historia para contar. E incluso, para cantar.

De amores y desamores

Dicen que dicen, una muchacha recién llegada de Córdoba se incorporó al Marabú como copera, y que un mozo del cabaret acabó por conquistar su corazón de tal manera que el romance acabó en convivencia. Solo que la muchacha estaba casada, y así fue como, una noche, su marido ingresó al Marabú como una tromba para la llevársela de regreso a Córdoba. Imagine pues, el desconsuelo del mozo enamorado, quien habiendo pasado dos años del episodio no lograba olvidarla y decidió entonces viajar a su búsqueda. Pero el tiempo hace mella, vio… Por lo que grande fue su desencanto cuando la encontró casi irreconocible en relación a su recuerdo, atendiendo el almacén del suburbio capitalino. No era ella la mujer que había conocido, por lo que su regreso a Buenos Aires y al Marabú fue aún más triste que los motivos que lo habían llevado a partir.  Al fin y al cabo, dicho encuentro los había hecho sentir “como dos extraños”. Sí el título del tango que José María Contursi compuso en honor a esta historia, sobre la que supo frecuentando las mesas del Marabú. “Y ahora que estoy frente a ti / parecemos, ya ves, dos extraños / lección que por fin aprendí / ¡cómo cambian las cosas los años!”

Metamorfosis

Claro que el tango que tan buen lustre había hecho a la inmensa pista del Marabú, que tan fuerte había pisado su escenario, comenzó a debilitarse. Otros ritmos coparon la parada. Por lo que, lejos de morir en un vano intento de supervivencia, el marabú cedió buena parte de su identidad: los años ’80 vieron tocar a Soda Estéreo en uno de sus primeras presentaciones como grupo invitado a los bailes de Carnaval. Fue, más precisamente, en 1983, cuando Los abuelos de la nada, Virus y Los twist fueron el plato fuerte de aquellas calurosas noches carnavalescas. Solo que sería aquel el último aliento. Marabú cerró sus puertas en 1986 para convertirse en Halley, un reducto de heavy metal. Pero si cierto es que siempre se vuelve al primer amor, el Marabú dio buena fe de ello. En 2005, ya en manos de la Argentine Tango Society, con sede en Nueva York, volvió a su salsa. Abrió nuevamente sus puertas hasta que la pandemia de 2020 volvió a dejarlo en puntos suspensivos… ¿Habría entonces más Marabú?

Restauración, puesta en valor… Puesta a punto de despegue. Sí, el marabú volvió al ruedo a fines de 2021. Y su salón, ese capaz de albergar unas 300 personas, se revitaliza con su propia medicina: clases, bailes y shows con orquesta son de la partida allí donde la noche porteña no conoció final. Acaso tampoco el Marabú y una historia que, lejos de ser un simple recuerdo, nutre y no deja nutrir su merecido presente.