Marroc, el dulce amargo del amor

¿Y si le decimos que el marroc debe su nombre a un marroquí que, junto a su esposa, creó tal delicia chocolatera? Pase, lea y endúlcese.

Que no hay paladar argento que no lo reconozca en la suavidad cremosa del cacao y pasta de maní que componen su fórmula. Por lo que el marroc ya es asunto nacional en materia chocolatera. Ahora bien, ¿de dónde es que ha venido esta delicia de Las Delicias, así llamada la fábrica de su chocolatería madre? Dicen que dicen, el marroc de Felfort pudo tener dos orígenes, aunque los dos apuntan a los pagos que, a fin de cuentas, han sido responsables de su particular nombre: Marruecos. ¿Nos acompaña en este viaje?

A la pesca

¿Será cierto que la materia prima del marroc llegó derechito desde Gijón? No me diga nada, está pensando que cómo desde Gijón si el cacao es cosa americana. Pero resulta que los portugueses lo habrían llevado hacia el viejo continente durante los tiempos coloniales. Y no solo hasta allí, sino también hacia sus colonias africanas. De allí que la receta del marroc en realidad provenga de aquel continente. Más precisamente, Marruecos. Sin embargo, una segunda versión afirma que la receta magistral involucra a un marroquí, pero en suelo nacional. Para ser más precisos, en la calle Balcarce al 1000, donde un conventillo daba techo al Hossam Maissar y su esposa Malika, allá por 1927. Nada muy extraño hasta aquí, ¿verdad? Un polizón africano que, como todo recién llegado flaco de monedas, va a parar a un conventillo del sur de la ciudad. Sin embargo, su trabajo como peón de descarga en el puerto le daría mucho más que unos morlacos con los que apenas si podía sobrevivir. ¿Recuerda la historia de don Mariano Escobar? Bueno, no piense que el bueno de Hossam fue tan afortunado, porque para aquel entonces no hubo ningún Virrey en fuga. Pero sí que, que entre tanto bulto que, red y grúa mediante, iba de la bodega de los barcos al muelle donde aguardaban los camiones de carga, uno vendría con yapa.

Con las manos en el dulce

Imagine que para la precaria situación de Hossam y su mujer, cuando alguna que otra bolsa cargada de comestibles se rompía en el trajín de la descarga, los víveres de los que él y los demás peones sea hacían era una especie de fortuna. Y así fue como un día, Hossam se apareció en el conventillo con dos pedazos de masa de cacao y una bolsa de pasta de maní. Sí, ese había sido el motín del día. A lo que la primera reacción fue hincarle el diente. O el cuchillo, para desmigajar el cacao y saciar el ragú de turno. Pero las manos de Malika habrían de sacarle más provecho al asunto: entendió que debía combinar el caco con la pasta de maní, cosa de que ésta pudiera suavizar la aspereza del primero y mitigar su amargura. Que picándolo, que sometiéndolo al calor… tantos fueron los intentos de Malika por dar con algo digno al paladar que finalmente lo consiguió. Hizo del cacao una pasta cremosa que extendió sobre el mármol de la cocina y comenzó a cortar fracciones rectangulares. ¿El destino? Rellenar cada una de esas tapitas con la pasta de maní. ¡Y listo el dulce!

¡Alcoyana, alcoyana!

Las deudas que mantenían con el conventillo más el hambre de siempre hicieron que los dulces creados por Malika salieran a la venta inmediatamente. Y así fue como, por la calle Defensa, Hossam se puso a la tarea. ¿Sería que alguna que otra venta los sacaría del sofocón? ¡Ni una ni dos, los dulces salieron como pan caliente! Por lo que la cosa se volvió una rutina. Hossam volvía del trabajo en el puerto y… a la calle, nomás. Y nada de quedarse ahí, por el barrio. No, no. Los ricachones del norte harían su buen desembolso por una delicia tal. De modo que Hossam tomó como punto de venta un árbol situado frente a la barranca de la actual plaza Intendente Alvear, en Recoleta. Y fue una tarde que un muchacho que no llegaba aún a sus 30 años se le acercó con especial interés. Vendedor y comprador se encontraron, aunque compartiendo un pasado que más allá de las diferencias, tenía alfo en común. Vea usted: cuando Hossam y Malika se instalaron en suelo nacional, hacía apenas un año que la fábrica de Flefort hacía lo propio en la calle Gascón al 329, barrio de Almagro. “Fel-Fort”, en honor a don Felipe Fort: hijo de inmigrantes catalanes arribados a Argentina a fines de siglo XIX. Y quien, tras haberle sido obsequiada una piedra de moler y una bolsa de cacao, comenzó a moler cacao por las noches para venderlos a la mañana siguiente a sus menudos 13 años… Vaya destino estaba encontrando a Felipe Hossam , ¿no cree?

Con nombre ajeno

El caso es que el joven Felipe procuró perfeccionar su oficio y se empleó en una fábrica chocolates. Moneda a moneda fue alimentando el chanchito que rompería allá por 1918, una vez acabada la Primera Guerra Mundial, para comprar maquinaria y montar su propia fábrica, aquella que aún lleva su nombre. Y así fue como, frente a Hossam y los dulces de su querida Malika, no dio puntada sin hilo. Le compró un bocadito de esos que tenían a los purretes pegados como moscas a su canasto y comprendió entonces el por qué de tal concurrencia. El sabor suave, pero sin empalagues, le encendió la lamparita: querría entonces ese producto único para su flamante fábrica. Así fue como compró todos los bocaditos y hasta se las ingenió para que Hossam le revelara los ingredientes: dibujo mediante de cacao y otro de maníes. Por lo que Felipe, cual poseedor de fórmula mágica, comenzó con los intentos de dar con sus propios bocaditos marroquíes. Con sus “marroc”. Eso sí, a diferencia de los inexpertos y aventurados Hossam y Malika, los registró. ¿Qué fue entonces de Hossam, a quién entonces le fue prohibido vender los bocaditos que ahora resultaban ser marca registrada de otra persona?

 

Sin haber nunca podido salir de su miseria, viudo desde hacía unos años, acudió a Las Delicias para solicitar trabajo allá por 1937. Y trabajo le fue dado, ¿dónde? En la línea donde se fabricaban los bocaditos que habían nacido de las manos de su ausente amor.

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