Pulpería San Gervasio, 200 años no son nada…

FOTOTECA

Tocando las puertas de los dos siglos, la pulpería San Gervasio es historia de la buena (y de la nuestra) en Paraje Campodónico.

A la pulpería San Gervasio no le faltan, como se dice, cinco para el peso. Pero apenas un cuarto de siglo llegar a ser bicentenaria. Y si no es así, le pega en el palo. Pues aunque certezas se buscan, varios datos permiten arrimar el bochín a la verdadera edad de esta pulpería sobreviviente en Paraje Campodónico, partido de Tapalqué. Casi que con un pie en a Azul, y a 326km de la Ciudad de Buenos Aires, ¿debemos remontarnos a 1850 para llegar a su año de nacimiento? Veremos, veremos…

Medio tiempo

El partido de Tapalqué se fundó por decreto del entonces gobernador Juan Manuel de Rosas en 1839, pero no fue hasta 1863 que la ciudad homónima fue creada en su actual emplazamiento. De hecho, hay registro de compras de materiales por parte de San Gervasio en tal fecha, por lo que la pulpería debió preceder a la ciudad. Más, a la vez, ser posterior a 1830, año del que sólo consta la presencia de la estancia Libertad en la zona. ¿Entonces? La cuestión se zanjó tomando a 1850 como año fundacional de San Gervasio, en tanto un punto medio en el tiempo. ¿Y qué hay del ferrocarril, socio indiscutido de las pulperías a la hora de dar vida a los pueblos del interior de la patria? Pues éste sería asunto del siglo venidero: no fue hasta el 1900’s que su traqueteo se convirtió en un sonido ambiente más de los tranquilos pagos de Tapalqué.

Universo pulpero

¿Imagina, entonces, de qué iba el escenario antes de que las vías fueran amas y señoras de la conexión? Caballos, carretas, hombre de a pie de la zona: todo sediento iba a parar al estaño de San Gervasio, que aguardaba –y aún hoy– bajo la media sombra de sus fornidos árboles, con su fachada en color rosado (en guiño al rojo punzó de la Federación rosista) y el fresco que todavía garantiza su techo de ladrillo asentado en barro, a dos aguas y recubierto por tejas. Truco y ginebrita puerta de doble hoja para adentro, codeando en el angostísimo mostrador sobre el que no cabía más que un vaso, pues el pulpero que aguardaba reja detrás, nomás oficiaba de despachante de elixires. Puertas afuera, bochas, guitarreada y estrellas. O el sol de noche a kerosene que sigue brillando. Pues, a no ser por las fugaces luces de autos y camiones que circulan por la lindera Ruta Provincial 50, en la pulpería san Gervasio (mejor dicho, en Paraje Campodónico) no hay luz eléctrica. De modo que las noches se suceden a la vieja usanza.

Museo viviente

Claro que el arribo del ferrocarril cambió un poco las cosas. San Gervasio dejó de ser una posta de bebida para calzarse la pilcha de almacén. Fue entonces cuando llegaron la balanza, las cajoneras y estanterías destinadas a la mercadería. El infaltable libro de registro, que todavía se conserva, con las entradas y salidas de víveres y productos. Porque los clientes se llevaban lo suyo, pero, en nombre del viejo y querido trueque, también dejan otro tanto. Y de puño y letra del pulpero, la constancia del nombre de cada quién. ¿Más mojones para este boletín? El aljibe, situado entre la pulpería propiamente dicha y las habitaciones que, construidas en los fondos del terreno, eran utilizadas para hacer noche en tiempo de posta. ¿Una estelar visita que vino y se fue? Dicen que dicen, la estatua de la libertad que hoy hace pie en la plaza principal de Tapalqué. Originaria de la mencionada estancia Libertad, aquella que primeró estos pagos, fue donada por los salesianos. Y he aquí la importancia de la injerencia salesiana en la vida de Paraje Campodónico, el cual, además de la pulpería San Gervasio, cuenta con la capilla y colegio de verano Campo Bosco –el cual alberga chicos de la escuela Don Bosco de la provincia y el país–, y la escuela rural nº 3, nivel inicial y primario. Ambas instituciones, donadas por la esposa de un nombre de peso en esta historia: Pascual Campodónico.

Con nombre propio

Hacendado de la zona, Pascual Campodónico fue un miembro de la Sociedad de San Francisco de Sales –de allí el nombre de “salesianos”–, congregación religiosa fundada por Juan Bosco (sacerdote, educador y escritor italiano) en 1859. Sí, apenas nueve años después de la apertura de San Gervasio. Por lo que su ímpetu estaba fresco, así como las ansias de extender fronteras. De allí las donaciones de Campodónico (la escuela rural comenzó a funcionar en un puesto de estancia de don Pascual), a las que siguió también la donación de las tierras del ferrocarril. Dueño también de San Gervasio, Campodónico fue empleador del padre de Edgar y Aníbal Toso, los últimos pulperos de San Gervasio. El caso es que Toso padre acabaría por alquilar la pulpería, para finalmente regentearla. Sus hijos tomarían la posta tras su fallecimiento, en 1955. Más ya en 2015, lejos de perecer en el cansancio de los años, San Gervasio viraría un nuevo rumbo.

Porque los tiempos y maneras han cambiado, porque los pagos camperos de Paraje Campodónico se han vuelto más una escapada airosa para quienes viven en el fragor de la urbanidad y su día a día que la salida predilecta de los, cada vez menos, locales, san Gervasio logró reinventarse. Y sobrevivir. En manos de Pedro Toso, el tercero de una generación de pulperos, San Gervasio es, desde 2015, un bodegón de campo que abre sus puertas cada fin de semana. Pero que, dueño de la historia y supervivencia que pocos más, invita a, como en los viejos tiempos, no pasar de largo. ¡Hágase un alto en San Gervasio, nomás! No hay acaso mejor manera de su larga vida honrar.