Pan del indio, el as bajo la rama

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Hongo tan autóctono como ancestral, el pan del indio es una invitación a volver a las raíces aún desde las ramas arbóreas en que habitan.

El pan de cada día, ése fue la Cyttaria harioti para los pueblos originarios de la Patagonia, el entonces bien llamado “pan del indio”. Claro que éste no venía bajo el brazo, como una buena nueva, sino “anudado” a los troncos de los árboles nothofagus: ñire, lengua y coihue para l@s amig@s. Parásito comestible, lo suyo ha sido una supervivencia milenaria, de la que también han participado estos añosos huéspedes. Sin embargo, a dulzura, suavidad y nutrición intacta, el pan del indio aún bien demuestra por qué ha sido parte de una dieta ancestral.

Huésped vitalicio

Con un diámetro que va desde los dos a los once centímetros y un color que abarca del amarillo suave naranjón, el pan del indio bien podría pasar, a golpe de ojo, por un limón algo más esponjoso, en carne viva. De hecho, su superficie es más bien viscosa, en tanto tiene por “cáscara” una membrana bien delgada que se rompe nomás el hongo comienza a crecer. Así es como quedan al descubierto pequeñas cavidades circulares que lo semejan a una esponja, y lo figuran tierno al paladar. Lo suave y tierno que de hecho es. Sin embargo, no son estos “globitos” sino el remate de esta obra digna de madre natura. ¿Sabía acaso que este hongo habita hasta 60 cm en el interior de las ramas del árbol?  Vea usted, el pan del indio se desarrolla principalmente en primavera y verano. Dirá que se debe a que la temperatura más cálida y la humedad le son favorables, sí. Pero también porque es en esa época que los árboles empiezan a brotar, y es entonces en esas aberturas, o “rupturas” que todo brote genera, que el parásito ingresa para ya no marcharse.

A sus anchas

Lo cierto es que la Cyttaria infecta a sus huéspedes. Sea el ñire, la lenga o el coihue, todos ellos generan una suerte de nudos en sus ramas para intentar defenderse de su presencia, pero no lo consiguen. Y allí es donde el pan del indio brota semejando, engañosamente, ser un fruto. Sin embargo, el ataque al árbol no es mortal, por cuanto ambos han sabido convivir desde tiempos por demás remotos. Con decirle que el origen de la cyttaria se estima entre unos 112 a 148 millones de años atrás. Y lo propio para las especies arbóreas que las alojan, si es que el pan de indio no vive al fin fuera de ellas. Así pues, los nothofagus han sido contemporáneos a los dinosaurios. Por lo que vaya si tienen su buen derecho de tierra ganado en nuestro continente. Y el pan del indio, su merecedor mote de alimento autóctono, originario. De hecho, forma parte del Código Alimentario Argentino: norma del Sistema Nacional de Control de Alimentos que contempla todo cuanto hace a la elaboración, transporte, distribución y comercialización de alimentos para consumo humano en territorio nacional. ¿Y de qué va, entonces, el pan del indio por las cocinas?

Con cuchillo y tenedor

A nivel nutricional, el pan del indio es un alimento rico en polisacáridos, lo cuales representan fuentes de energía. ¡Sabia naturaleza que los dispone en la fría Patagonia! Y buen ingenio el del ser humano que lo ha adaptado a diferentes preparaciones para incorporarlo a su dieta. Si bien puede ser consumido así como viene, fresco, en ensaladas; también es apto para conservas. Por lo que es bienvenido a la troupe de zanahorias, cebollitas y ajíes a la hora de flotar en vinagre. Chutneys y mermeladas también pueden ser de la partida. Y después, lo que la imaginación mande: asados, rebozados y fritos, fritos sin rebozar… a gusto de cada cual. Sea cual fuera el suyo, lo cierto es que el consumo de pan del indio siempre será un volver a las raíces. Pues aunque crezcan en las ramas de sus amables huéspedes, no sólo nos remiten al propio  suelo; sino que aún hoy sustentan el hacer de pueblos rurales en los que la recolección artesanal sigue siendo una premisa.

Pan del indio, ese pan nuestro que a esta tierra evoca cada día…