Poncho, al abrigo de América

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Principal producto artesanal de nuestro país, ¿es el poncho una creación argentina? Pase y conozca la historia de una trama identitaria.

Tradición. Esa sea la palabra que, tal vez, asociemos al poncho de buenas a primeras. Tradición porque nos remonta hacia un tiempo impreciso, tanto como lo son los límites territoriales de nuestra raigambre, de sus prácticas y costumbres legadas. Tradición porque el viejo y querido gaucho, esa figura de porte nacional, rara vez se nos aparezca en nuestra visión o imaginario sin un poncho a cuestas. Así, pues, el poncho asoma en colectivo como una verdadera argentinada. Pero ¿en verdad lo es?

De larga data

Prenda de protección contra el frío pero también abrigo afectivo ya en tiempos independentistas, en tanto las mujeres los tejían para sus valientes hombres que armas tomaban por la causa. Ese fue el poncho. Más, extendiendo la retrospectiva,  también vestimenta preciada para los incas. ¿Desde cuándo es que el poncho está entonces entre nosotr@s? Difícil precisarlo. Perdido el hilo de su trama en la línea del tiempo, se cree al menos que el poncho es de origen andino, como prenda habitual de los habitantes de la región y adoptado luego por los criollos. De hecho, se discute aún si el poncho, tal como lo pronunciamos, proviene de la lengua quechua o araucana. Porque bajo denominaciones varias es que una prenda de su tipo, es decir, una capa con abertura en el centro por donde pasa la cabeza, se utilizó hace poco menos de 4 mil años. Desde el “unca” incaico, una suerte de chaleco sin mangas con abertura central que se habría extendido a modo de túnica para mayor resguardo a la hora de montar a caballo, hasta las coloridas “chusmas” nazcas. De allí que, cuando los españoles arribaron, los pueblos originarios ya eran especialistas en técnicas de tejido y tinturas varias.

Para el gaucho y el porteño

Así la historia, corrían los tiempo virreinales cuando las provincias de Santiago del Estero y Córdoba asomaban como grandes productoras de ponchos. Y con un intermediario de aquellos en esta Buenos Aires querida: don Francisco Antonio Escalada, funcionario de la ciudad –incluso tras la Revolución de Mayo– que se convirtió en el principal proveedor de ponchos. Como buen comerciante mayorista, se hacía de la producción que, en carretas, provenía de Córdoba y Santiago ya fuera para consumo interno o exportación. Ponchos con destino europeo pero también listos para ser repartidos en tiendas y pulperías. Por lo que Escalada amasó su linda fortuna de la mano de esta prenda que, poco a poco, todo Buenos Aires acabó por vestirla. Claro que ya desde el siglo XVIII el gaucho era un personaje constituido en la escena nacional, y el poncho no le fue indiferente. Por no decir, acabó convirtiéndose en su prenda más importante dada su condición polifuncional. Para la errancia gaucha, el poncho fue entonces abrigo al andar y resguardo ante la lluvia, toldo para la pampa más deshabitada (incluso de árboles), y frazada a la hora de dormir. Incluso, era el poncho un aliado ante alguna disputa, en tanto le permitía envolver el facón en una de sus brazos y evitar a la vez los tajos que pudiera propiciarle su contrincante.

A lo largo y a lo ancho

El caso es que, entre herencias y funcionalidades, el poncho se convirtió en una prenda inoxidable al tiempo, afirmando su condición tradicional más sin pecar de obsoleta. Y como buen sobreviviente a los años y las disputas territoriales, el poncho en su condición más artesana ha ido adquiriendo nombre, color y diseño de acuerdo a su región de procedencia. Encontramos así los famosos ponchos de Belén, tejidos en telar con lana de vicuña –de allí su tradicional color ocre– en la provincia de Catamarca (donde precisamente se celebra la fiesta Nacional del Poncho, teniendo Belén la potestad del Festival Cuna del Poncho). El poncho jujeño, típicamente marrón, el color de la tierra, a partir de tinturas elaboradas con maderas y hojas locales. Y, entre tanto más, el inconfundible poncho salteño: rojo, dada la extracción de colorante vegetal en dicho color a partir del rocú o achiote. ¿Una versión más romántica y heroica? Que fue el color dispuesto por Martín Miguel de Güemes para identificar a sus “infernales”, convirtiéndolo así en uniforme oficial de tan combativo gauchaje.

Mano a mano

¿Y qué manos han estado históricamente detrás de cada poncho? Manos de tejedoras. Muchas de ellas, aprendiendo a puro ojo la técnica de parte de sus mayores. De madres a hijas y nietas, y hasta mujeres de diferente sangre pero de compartida tierra, raíz. ¿Recuerda, acaso, lo que le hemos contado a cerca del coyuyo, la seda del monte? En talleres o dentro de las casas. Se trata al fin de un saber compartido, comunitario. ¿O qué otro modo de que el poncho lograra sobrevivir, perfeccionándose su técnica, adaptándose a los diferentes usos y simbologías? Las manos tejedoras no descansan, principalmente de mujeres en buena parte del país, aunque en la región andina patagónica, en la cultura mapuche, las tejederas solo han de ser mujeres, porque el arte de tejer en witral (telar vertical) es acaso una gracias ancestral a ellas concedida.

¿Cuánto cabe al fin entre la urdimbre y la trama de cada poncho? ¿Cuántos años, cuánta historia, cuánta tierra? Como una madeja sin fin, es la lana que compone a cada poncho, cual materia prima arácnida, nuestra propia la sustancia. Tal vez por ello el poncho nunca se canse de atravesar y supervivir tiempos.