Neil Armstrong en Argentina, pisada indeleble

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¿Sabía que un pocillo en que Armstrong y Collins bebieron aquí está en el Museo Espacial? Pase y lea más perlas de esta visita estelar.

Casi que lo que un suspiro. Eso duró la visita de los alunizados Neil Armstrong y Michael Collins en Buenos Aires, aunque con la espesura propia de la falta de gravedad lunar. Pues, como si hubiesen emulado su aventura espacial, cada uno de los instantes vividos por los astronautas en suelo argento bien pueden ser dignos de un cuadrito. Habían pasado apenas 74 días de su expedición a la luna, y los confines de América los recibían a brazos abiertos durante lo que fue su gira continental. Sin embargo, durante aquel aterrizado en suelo austral este par de se llevó sus buenas perlitas. Y aquí las compartimos con usted.

Estelares

No fue en la Apolo 11 ni en la superficie lunar, pero el aterrizaje de Neil Armstrong Michael Collins en la pista del Aeroparque Jorge Newbery –previo trasbordo en el Aeropuerto Ministro Pistarini, de Ezeiza– se produjo el 2 de octubre de 1969. Y desde allí, la expedición en tierra nacional no tuvo respiro. Porque primero lo primero, visita al presi, cómo no. Juan Carlos Onganía los esperaba en “la Rosada” para tan protocolar encuentro. Sin embargo, el plato fuerte para Armstrong y Collins no era el despacho presidencial ni los honoríficos salones de la casa de gobierno, sino un domicilio situado en Florida al 900; una visita salida de todo protocolo. Lo deschavetada pero entrañable que el dueño de casa. ¿De quién hablamos? De don Ángel Zuloaga. Y sí, no nos diga nada, lo más probable es que su nombre no le suene. Pero para Neil y Michael, vaya si fue una palabra mayor…

Que no decaiga

¿Un Brigadier retirado de 86 años? Sí ¿Un precursor de la aeronáutica argentina? También. Ángel Zuloaga. Mendocino nacido en 1885, egresado del Colegio Militar y luego de les Escuela de Aviación y, para más de uno, kamikaze por propia voluntad. Porque como dice el tango, “cada loco con su tema”. Pero la “locura” de Zuloaga fue compartida. Junto con el piloto Eduardo Bradley, oriundo de La Plata, decidieron cruzar la cordillera de Los Andes en globo. Y contracorriente. Si, de la opinión popular pero también de la teoría: el aire corría de este a oeste. Pero este par se obstinó en demostrar que había corrientes en sentido inverso, y que serían capaces de soplar a su favor. El hecho es que cuando todo el mundo imaginaba a este par perdido por los aires del Pacífico,  congelados por las temperaturas bajo cero, o incrustados con canasto y todo en algún pico cordillerano, la hazaña fue posible, dándoles la derecha. Mire si le habrán metido gas al asunto (en el literal sentido, gas de alumbrado utilizado en Chile, por ser más rico en Hidrógeno y permitirles así altura de la buena: ¡precisaban subir a más de cinco mil metros!) Gas y abrigo, cómo no. Aunque, claro está, todo lo que pasamos a enumerar le va a sonar insuficiente: sobretodo, sombrero, bufanda, guantes… Nada muy diferente a los que usamos usted y yo en algún crudo invierno cielo abajo. Eso sí, una máscara de oxígeno por si acaso, además de instrumental científico, armas y provisiones.

Pesos pesados

Sin embargo, por más menudo que parezca el equipaje, desde luego que, para remontarse cumbres, arriba era pesado por demás. Por lo que nunca tan literalmente dicho, Ángel y Eduardo tiraron todo por la borda. Nomás se salvó el barógrafo, para medir tanto la altura como la temperatura, mientras los más de 30º bajo cero hacían mella en sus cuerpos casi que rozando el majestuoso Aconcagua (¿será que tamaña maravilla visual les sirvió de placebo para soportar tanta crudeza?). Hasta que Uspallata apareció como blanco de aterrizaje. Definitivamente, los vientos soplaban también del mar hacia la cordillera, para horna y valentía de Zuloaga y Bradley. Imagine pues, lo que siguió, medalla va, distinción viene. La carrera de Zuloaga también se fue para arriba, no solo a fuerza de su hazaña sino por sus condiciones, su conocimiento, su compromiso. Aviador militar de Francia primero, director de la Escuela Militar de Aviación y agregado militar en Estados Unidos, después. Brigadier de la Fuerza Área… y seis años antes de partir a otro plano, allá por 1975, anfitrión de Neil Armstrong y Michael Collins en el living de su casa, nada más y nada menos.

Taza, taza…

Lo dicho. Florida al 900, piso 7. ¿Quién es? Neil Y Michael. Sí, un segundo por favor. Menos mal que aún no dieron las ocho de la noche, porque con sus 84 años el dueño de casa se va al sobre temprano. ¿Qué si se trata de la primera visita estelar de Zuloaga? Non precisamente: Sint Exupery, también residente de la calle Florida durante su estancia nacional, en la Galería Güemes, era un asiduo visitante. Claro que la visita de Armstrong y compañía ya excedía la esfera celeste para adentrarse en terreno espacial. Sin embargo, Neil tenía a Zuloaga en el póster, como se dice. Pues, fanático de la aviación, era también fanático del piloto mendocino. ¿Podía ser emocionante hasta las lágrimas conocer a don Ángel luego de haber pisado la mismísima luna? Pudo. Y las demostraciones de admiración mutua se sumaron los recuerdos y souvenirs de ocasión. Zuloaga les regaló su libro La victoria de las alas. Historia de la aviación argentina. E incluso, de yapa, les regaló los pocillos en que a ambos había servido café. Y fíjese que fue mucho más que un acto simbólico. Porque a tono con la ocasión no se trató de pocillos cualquiera. A un lado tenían grabado el escudo nacional, y al otro, el globo con el que Ángel cruzó los Andes, llamado Jorge Newbery. ¡Mire si habrán sido especiales que uno de ellos se exhibe en el Museo Espacial! ¿Y el otro? En la casa de Armstrong. Pues, a diferencia de Collins, celoso, no se quiso desprender de él.

Luna roja

Pero la agenda continuaba, y el embajador estadounidense John Davis Lodge tenía preparado un agasajo para los astronautas y su troupe en la palaciega embajada. ¿Y a qué no sabe quien abordó a Armstrong y Collins justito antes de entrar? ¡Un diablo rojo! Héctor Rodríguez, secretario de Cultura y Relaciones Públicas del Club Independiente. Claro que no era un paracaidistas cholulo ni mucho menos… Héctor se había encargado de nombrar a los astronautas socios honorarios del club antes de su viaje a la luna. ¡Y con carnet y todo, eh! La embajada le facilitó sus fotos, por lo que los carnets y enviados en tiempo y forma a sus dueños, con camisetas y banderines incluidos. Socios 80.399, 80.400 y 80.401 para los dos visitantes ilustres y el faltante, Bruzz Aldrin. ¿Qué tal? El caso es que, una vez recibidos, el mismo Armstrong le envió una carta de agradecimiento a Rodríguez, diciéndole incluso su deseo no solo de visitar Argentina sino de conocer la “Doble Visera”. Y aunque lo segundo no fue posible, a sus anchas se fue don Héctor de aquel fugaz encuentro previo al banquete. Pues Neil alcanzó a confesarle que su banderín del rojo lo había acompañado en su nave rumbo a la luna. ¡Creer o flotar!

Y al otro día hubo una nueva visita a la casa Rosada, y una conferencia en el Plaza hotel para toda la prensa, y un viaje en caravana hasta el aeroparque… Pero suspendida en el aire cual polvillo lunar quedan aún estas pequeñas joyas de una visita protocolar, comercial, propagandística en tiempos de Guerra Fría, o como quiera llamarle. Pero sin dudas, lo emocionante y humana  que la pisada de Neil en el satélite terrestre.